La leyenda de los Galtxagorris

Ojo atención cuidao: La historia está basada en una antigua leyenda vasca.

Cuentan las leyendas que, en las faldas del monte Aralar, vivía un baserritarra1. Este hombre había heredado de su familia un antiguo baserri2; conocido en toda la región por la riqueza de los pastos que lo rodeaban. Durante siglos su familia había criado las mejores ovejas, tejido la lana más suave y vendido la mejor carne de toda la región. Pero este baserritarra había desatendido los cuidados de cuanto le rodeaba y había perdido toda la fama que había heredado.
Sang Un día, mientras descansaba a la puerta del baserri mientras veía cómo las malas hierbas crecían en un campo que debería haber arado hace tiempo, llegó un anciano.
Sang —Muy buenos días joven —saludó al baserritarra.
Sang —Muy buenos días, aitona3. ¿Qué le trae por estas tierras, tan lejos como están del pueblo?
Sang El anciano echó una mirada al baserri, que se encontraba viejo y descuidado, y frunciendo el ceño contestó:
Sang —¿Es este ese baserri tan famoso del que me han hablado? Es el único que he encontrado en las faldas del Aralar.
Sang —Es posible que lo sea. Hace muchos años este lugar tenía fama por sus quesos, su carne y su lana. Pero de eso hace ya mucho.
Sang —¿Y por qué se ha perdido la fama?
Sang El baserritarra le respondió que mantener esa fama era muy complicado, requería mucho trabajo, y a él lo que le gustaba era descansar. Ante esta respuesta el anciano se rió con unas carcajadas tan sonoras que, cuando terminó, aún se podía oir el eco de su risa. Con un gesto misterioso, sacó una caja de cerillas de su abrigo.
Sang —Existe una solución para eso. Pero no debería interesarte, es muy arriesgado. Mejor te iría si aprendieras a no ser tan vago.
Sang Nuestro protagonista le preguntó que de qué le hablaba y el anciano le enseñó la caja de cerillas.
Sang —Esta caja contiene la solución a tus problemas —dijo—. Si estás interesado el precio es la mitad de la vida que te queda.
Sang —¿La mitad de la vida que me queda? —preguntó extrañado el baserritarra— ¿cómo podría pagar algo así?
Sang —No te preocupes. No notarás nada hasta mucho tiempo después de haberlo pagado.
Sang Aunque extrañado por las palabras del anciano aceptó el trato y se quedó un rato mirando la caja de cerillas mientras el anciano desaparecía por el camino.
Sang Pasaron varios días durante los que no se atrevió a abrir la caja. No la perdía de vista, pero le inquietaba descubrir lo que contenía. ¿Qué podía contener para haber costado la mitad de su vida? Cuando llevaba un mes con la caja decidió abrirla.
Sang De la caja empezaron a salir un montón de hombrecillos minúsculos cuya única prenda de vestir eran unos llamativos pantalones rojos. Aunque no tenían alas podían volar y, de hecho, revoloteaban entorno a la cabeza del baserritarra.
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes! —le gritaban.
Sang —¿Qué? No os entiendo. ¿Quiénes sois?
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes!
Sang —Vale, os ordeno que me expliquéis quienes sois.
Sang No es agradable que una docena de hombrecillos diminutos te griten a la vez, así que no se enteró de nada.
Sang —Os ordeno que todos menos uno os quedéis callados y que ese uno me explique quienes sois.
Sang Tal y como ordenó todos los hombrecillos se quedaron callados mientras uno de ellos hablaba. Le explicó que ellos eran galtxagorris, que vivían en la caja de cerillas y que, ya que les había capturado, tenían que cumplir sus órdenes.
Sang —Vaya —pensó—, esto me va a venir muy bien. —Pensó en las tareas que había pendientes y les dijo—: ¡Muy bien! ¿Veis este baserri?¿Veis lo sucio que está? Limpiadlo entero. No debe quedar ni una sola mota de polvo, ni una sola marca de dedos y ni una sola abolladura.
Sang Los hombrecillos salieron corriendo y en diez minutos habían limpiado el baserri, arreglado los cristales rotos e, incluso, fregado los platos.
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes!
Sang —Sí que sois rápidos —se sorprendió—. Muy bien. Hace muchos años que nadie saca a las ovejas a pastar. Llevadlas al prado y que pasten. Cuando terminen, volved a dejarlas en la cuadra.
Sang Los galtxagorris salieron disparados. Como no les había especificado cómo debían hacerlo, su método para sacar las ovejas a pastar era diferente al habitual. Cada hombrecillo se metía por debajo de una oveja diferente y la llevaban volando hasta el prado. A continuación, arrancaban hierba con las manos y se la metían en la boca. Cuando la oveja ya no quería más, la llevaban de vuelta al corral e iban a por otra oveja. Media hora después, estaban de vuelta.
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes!
Sang Nuestro protagonista estaba que no cabía en sí de la alegría. Por fin podía dedicarse a descansar sabiendo que las tareas se iban a hacer. Era un poco incómodo tener que estar dando órdenes todo el rato, puesto que los galtxagorris eran demasiado rápidos haciendo las tareas que les mandaba. Pero merecía la pena. Cuando anocheció les dijo que se iba a la cama, que al día siguiente seguirían. Los galtxagorris, sin embargo, insistían en que les diera órdenes. Así que pensando en que probablemente tardarían toda la noche les ordenó que araran las tierras que rodeaban al baserri y lo sembraran.
Sang Apenas llevaba unas horas dormido cuando un sonido fuerte le despertó. Los galtxagorris habían terminado hacía un buen rato y como no les daba órdenes estaban rompiendo todo lo que encontraban a su paso.
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes!
Sang El baserritarra les ordenaba que arreglaran lo que rompían; pero al poco de arreglarlo volvían a despertarle rompiendo nuevas cosas. Estaba desesperado, así no había quien durmiera y como se descuidara todo el baserri terminaría descuidado. Hasta que se le ocurrió una idea.
Sang Les ordenó cojer un caldero, sacarlo afuera y llenarle el fondo de agujeros gordos. Una vez lo hicieron les ordenó que, con unos cubos que había en la cocina, llenaran el caldero hasta los topes con el agua del río.
Sang A la mañana siguiente los galtxagorris seguían intentando llenar el caldero. Desesperados veían cómo, cada vez que volcaban un cubo, todo el agua se escapaba por el fondo agujereado. Los hombrecillos suplicaron al baserritarra que arreglara el fondo del caldero para que pudieran terminar la tarea y, así, podrían ayudarle con las tareas del baserri. Sin embargo, decidió que no le compensaba. Los hombrecillos eran demasiado difíciles de manejar y acababan dando más trabajo del que le ahorraban.
Sang Así nuestro protagonista aprendió la importancia del trabajo y dedicó el resto de su vida a cuidar de las ovejas y del baserri como le había enseñado su familia. Con el tiempo logró que el baserri recuperara su fama e, incluso, encontrar a una mujer con la que compartir el resto de su vida.
Sang Muchos años después, estando ya en su lecho de muerte, mientras miraba cómo los galtxagorris seguían intentando llenar el caldero comprendió cómo había pagado con la mitad de su vida por el favor que le había hecho el anciano.

 


1granjero, casero, habitante de un caserío
2caserío, granja
3abuelo, anciano

Desenlace en tres actos

Acto primero

Pietro se aclaró la garganta mientras se ajustaba la corbata.
Sang —Señora presidenta de la cámara, señorías, como bien saben este es un momento histórico. Nuestro país se encuentra sumido en una crisis sin precedentes, la población pobre es cada vez mayor en número y en pobreza. Sin embargo, al mismo tiempo, las personas más adineradas cada vez lo son más.
Sang Este es un país de principios. Un país democrático. Podemos decir que disfrutamos de un presente construído con el sudor y el esfuerzo de todos aquellos que nos precedieron. Su orgullo y su valor impregnó cada rincón de esta nación y recordarlos es un acto de sensatez nacional.
Sang Día tras día contemplo cómo aquellos que nunca han aportado apenas nada se enriquecen a costa del esfuerzo de aquellos que, aún hoy, honran la memoria de aquellos que debemos recordar. Día tras día su legado es aplastado por el egoísmo y la vileza de quienes exprimen a los más necesitados.
Sang Por eso mi gobierno aprobará pasado mañana, siete de septiembre, un nuevo impuesto que obligará a los bancos a ingresar en las arcas del estado un porcentaje de sus beneficios para que al pueblo le sea devuelta la riqueza que se le ha robado.

Acto segundo

Una notificación en su teléfono despertó a Pietro de la siesta que estaba disfrutando en su sillón. No había día que su secretario no le insistiera en las bondades de retirarse a la cama para echarse la siesta; pero era un animal de costumbres y se había habituado a esa silla y ese escritorio. Sacó su teléfono de uno de sus bolsillos y lo miró. Tenía una notificación de Whatsapp; un mensaje de Ana Zapatillas, la presidenta del Banco Cantábrico.
Sang «Pietro, porfi, no apruebes ese impuesto. Ahora me viene muy mal.»

Acto tercero

La Gaceta Hispana – 7 de Septiembre de 2018
Las fuertes presiones hacia el gobierno por parte de los principales agentes sociales obligan al ejecutivo a desestimar la propuesta de ley conocida como el «impuesto a los bancos».
Sang El presidente Pietro Sancho ha declarado que, aunque se siente abatido por no poder sacar adelante la propuesta, entiende la preocupación popular y, como se comprometió cuando juró el cargo, no llevará a cabo ninguna propuesta que el pueblo rechace. Ha añadido que es de una enorme salud democrática que el pueblo haya sabido organizarse para hacer ver al gobierno su desaprobación respecto al nuevo impuesto.

Pequeños despistes

Lucio se arremangó y lo intentó de nuevo.
Sang —Tivsi pesqui dasqui pú —gritó mientras agitaba la varita delante de una ventana con el cristal roto.
Sang —Sigue sin funcionar.
Sang Lucio miró con ojos asesinos a Martín, que era incapaz de evitar señalar obviedades. Aunque todos en la escuela sabían que era una invención siempre contaba que de pequeño, jugando con la varita de su madre, sufrió un accidente que le provocó ese molesto efecto secundario.
Sang —Si tienes una idea mejor no te cortes —dijo Lucio molesto—. Tú también eres responsable de lo que ha pasado.
Sang Martín se encogió de hombros. No asistió el día que estudiaron los métodos mágicos más comunes para arreglar desperfectos; estaba ocupado sufriendo una dura resaca. Pero sabía que la gente común, los no mágicos, también reparaban cristales rotos. Le sonaba que usaban un ingenio llamado Cinta Americana. Miró el reloj e hizo los cálculos.
Sang —Mierda, si tuvieramos más tiempo podríamos arreglarlo de otra manera. Pero no da tiempo. América está bastante lejos y, una vez allí, tendríamos que buscar una tienda que vendiera la cinta y volver.
Lucio le miró extrañado.
Sang —¿Se puede saber de qué hablas? Cuántas veces te he dicho que no termines en voz alta conversaciones que tienes en silencio.
Sang —Una cosa que podríamos hacer es abrir de par en par la ventana y, con la cortina, ocultar los cristales. Así nadie verá el agujero.
Sang —Martín, querido, ¿no te has fijado esta mañana, al levantarte, que estamos a siete grados bajo cero y que no ha dejado de nevar desde ayer?
Sang —¡Anda! No me había fijado. Estos días ando muy despistado. Es como si no me diera cuenta de lo que pasa a mi alrededor.
Sang —No, si lo he visto. Mi parte favorita ha sido cuando has lanzado la bola de adivinación a la ventana porque pensabas que yo estaba ahí.

Marcelo

Despuntaba el día cuando Marcelo despertó. Otra vez se había quedado dormido encaramado a la barandilla del corral. Si tuviera algunos años menos no le habría importado pero, a estas alturas de la vida, su cuerpo protestaba ante tonterías de juventud como esta.
Sang Tomó una bocanada de aire. Poder disfrutar del aire fresco del amanecer era lo que más le gustaba de su trabajo; el cual no era particularmente complicado pero requería de una puntualidad escrupulosa. Y Marcelo era el más puntual de su trabajo.
Sang Algunos lo llamaban talento. Él sabía que era toda una vida dedicada al trabajo sin olvidar la larga tradición familiar de la que gozaba. Que pudiera aprender su oficio de su padre, el cual lo aprendió del suyo, es lo que más agradece de todo cuanto le ha ocurrido a lo largo de su vida.
Sang Un rayo de sol le cegó. Es el momento, pensó. Así que se irguió sobre la barandilla, hinchó el pecho y gritó como si lo fueran a prohibir:
Sang —¡Kikiriki!

Sistemas, ¿ha probado a apagar y encender el ordenador?

Hoy me he levantado con un humor excelente. Me sentía con energía y el suculento desayuno que me esperaba en la mesa me ha animado aún más. Mi gordi y yo tenemos un trato no escrito, quien se levanta primero porque entra antes a currar prepara el desayuno para ambos.
Sang Salir con tiempo de sobra siempre es buena idea; y más si no quieres que te pille la hora punta. En la calle, el sol saludaba radiante desde el este. En estas fechas el sol calienta más de lo que me gusta pero, mientras pueda hacer el trayecto hasta la oficina con el aire acondicionado puesto, no será eso lo que me chafe el día. Total, que he llegado a la oficina con tiempo de sobra, lo que me ha permitido aparcar delante de la puerta. ¡A ver si va a ser cierto eso de que «a quien madruga, Dios le ayuda»!
Sang Al entrar en el edificio me saluda la recepcionista:
Sang —¡Buenos días Joaquín!
Sang —Buenos días a tí también, Clara.
Sang Entro en mi despacho con un café en la mano. La tranquilidad me arropa cuando me siento en la silla, dejando la taza de café al lado del teclado. Reviso las notas del día anterior, para repasar lo que hice, y las tareas pendientes. El trabajo de hoy no va a ser especialmente difícil. Me va a llevar bastante rato, eso sí, pero sin dificultad.
Sang ¡Tiruriruri!¡Tiruriruri!
Sang —Sistemas, que la paz sea contigo.
Sang —¿Joaquín?
Sang —El mismo.
Sang —Ven, que no me funciona internet.
Sang Silencio tenso. No ha colgado. Lo sé porque oigo respirar al otro lado.
Sang —¿Sigues ahí?
Sang —Estoy empezando a pensar que todos ganaríamos si no fuera así.
Sang —Pero ¿vas a venir?
Sang —¿A dónde?
Sang —¡A qué va a ser!¡A arreglarme el ordenador!¡Te lo acabo de decir!
Sang —Es que, ahora mismo, con los datos que tengo me es imposible acudir.
Sang —Pero… ¿qué? ¿Me estás vacilando? ¡Mira que te pongo una queja en recursos humanos!
Sang —Te paso con tono, cuéntaselo a él.
Sang Cuelgo. Algo me dice que hoy tampoco voy a trabajar mucho. Pero bueno, aun así intento trabajar. Enciendo la máquina de desarrollo, abro los códigos que ayer dejé marcados y empiezo a revisarlos para ver si recuerdo qué hacían.
Sang ¡Tiruriruri!¡Tiruriruri!
Sang —Sistemas, ¿conoce a nuestro salvador Jesucristo?
Sang —¿Pero vas a venir o qué? Por tu culpa estoy sin trabajar.
Sang —Es que sigo sin poder ir. Me falta información.
Sang —A ver, que me estás calentando ya. Te he dicho que mi ordenador está roto. Que no le funciona internet. ¿Acaso el señorito no tiene suficiente información con eso? ¿Necesitas que te cuente cómo hacer tu trabajo?
Sang —Pues la verdad es que no tengo información suficiente.
Sang —¡Que vengas a arreglarlo!
Sang —¡Que no puedo ir!
Sang —Vaya desvergüenza que algunos no podamos trabajar porque a otros no os da la gana de hacer lo que debéis.
Sang —Desde luego, vaya mundo el que estamos dejando a nuestros hijos.
Sang —¿Encima de cachondeo?
Sang —Psé.
Sang —Pero, ¿vas a venir?
Sang —Es que no me da la gana.
Sang —¡Te vas a enterar!
Sang Cuelga. Seguro que va a recursos humanos a gritarles. En realidad en esta empresa esto es lo habitual. Continuo revisando el código, por suerte no me cuesta mucho encontrar dónde lo había dejado.
Sang ¡Tiruriruri!¡Tiruriruri!
Sang —Sistemas, que Amada os tenga en su gloria.
Sang —Joaquín, soy Libertad. De recursos humanos.
Sang —Dime, ¿qué necesitas?
Sang —Está aquí Daniel. Nos está diciendo que no quieres ir a arreglarle el ordenador. Que no puede hacer su trabajo porque no funciona nada y, encima, le has gritado.
Sang Respiro hondo.
Sang —En toda la mañana no he recibido ninguna llamada de nadie que se haya identificado como Daniel.
Sang —Pero está diciendo que… —se queda en silencio unos segundos—. Entiendo. Perdona las molestias.
Sang Cuelga. Y no pasan ni dos minutos cuando vuelve a sonar el teléfono.
Sang ¡Tiruriruri!¡Tiruriruri!
Sang —Sistemas, ¿le hemos hablado de nuestra oferta dos por uno en barbacoas?
Sang —Joaquín… Hola. Soy Daniel… de contabilidad.
Sang —Dime Daniel, ¿en qué te puedo ayudar?
Sang —Es que… no me funciona internet y necesito que me ayudes.
Sang —Claro, para eso estoy. Dame unos minutos y voy para allá.

In media res

Seguro que te sonará la típica escena con la que empiezan muchas pelis. Con un tío cayendo al vacío, con los ojos vidriosos y la cara desencajada del miedo. La mayoría de las veces, el director se empeña en que la escena esté a cámara lenta para intensificar el drama. Te suena, ¿verdad?
Sang Pues así es como estoy. Sé que no es muy original que empiece a contarte mi vida de esta manera. Espero que entiendas que no ha sido decisión mía. Si hubiera podido saber que ocurriría de esta manera, habría hecho algo más por intentar que no pasara. Al menos no así. Siempre he odiado los clichés.
Sang Llegados a este momento de la escena suele ser habitual que el espectador, en este caso lector, se pregunte qué he podido hacer para merecer esto. O qué acontecimientos han podido desencadenar este desenlace. A lo mejor me he caído de algún sitio. ¿Y si me han tirado?
Sang Lo cierto es que la historia de cómo he llegado hasta aquí es la más corriente que te habrán contado jamás. Sí, sé que la mayoría de las historias que empiezan con una escena como esta dicen eso mismo. Aun así, tienes que creerme. Soy un tío cayendo al vacío, con los ojos vidriosos y la cara desencajada de miedo. ¿Que ganaría engañándote?

De refranes y cantares: tiene el pueblo mil millares

El hombre se encontraba recostado bajo la sombra de una higuera. Había cerrado la cerca de las ovejas antes de lo previsto, así que le sobraba algo de tiempo para descansar. Otro hombre se acercó y le saludó:
Sang —Mu’ buena tarde, Benito «Ojovirao».
Sang —¡Ah! Mu’ buena tarde a u’té tamié, agente. Ca’ sa trae por estas linde. ¿Algún borriquillo ca s’asustao?
Sang —M’encuentro aquí en misión oficiá. No an informao c’andas por ahí con refrane sin regular.
Sang —¿Cómo que sin regular? —Benito se levantó y añadió—: ¡Co pille al zarrapastroso que va porai injuriando contra mi lo viagarrá por el pescozo y le via zurrar con la mano! —Fingió agarrar a un hombre invisible e hizo el ademán de darle en la cabeza—. ¡Asín te digo!
Sang —Por er conosimiento de año’ que te tengo, te via dar er benefisio de la duda. Pero ándate con cuidao que antes se pilla un patafloja ca un fulero.
Sang —No me vaya por ahí señor agente, que es mejó no entrar en do no se pué meter la mollera. Ca buen entendedor, pocas palabra bastan. Y ya sabe usté ca camino largo, paso corto.
Sang —Tenga usté cuidao, Ojovirao, questá mezclando las cosa y las ortiga crecen junto las rosa. Y sabe bien ca todo cerdo le llega su San Martín —. El agente miró su cuaderno y continuó—: Me fijao antes c’ahí atrá tiene usté un caballo. Si no recuerdo mal ti lo dieron en agasajo. ¿No l’abrá revisao la dientera?
Sang —Ande con mesura, que es de buen nasío ser agradesío. Y ya sabe ca las palabra se las arrastra la ventolera. —. Mientras decía esto, Benito aprovechó para tirar un mendrugo de pan a una papelera cercana—. Perdone la interrupsion, señor agente. E un mendrugo ca ma puesto la parienta pa comer pero no hay manera de hincarle la dentá.
Sang El agente profirió una carcajada.
Sang —Ahora entiendo tó. Queda usté arrestao. Si ya le he dicho que ballestero que mal tira, presta tiene su mentira.
Sang Mientras ponía las esposas a Benito, éste respondió:
Sang —Pero que dise, agente. Que no doy duros a peheta.
Sang —Has tirao ese mendrugo y to’sabemo ca buen hambre, no hay pan duro.

Sobre naves y pilotos

Alfredo revisaba los controles de la nave. Era una tarea que realizaba todos los días desde que obtuviera la licencia de vuelo en la «Academia Snitch para jóvenes promesas». Siempre le había parecido muy curioso que, fuera de la escudería que fuera, el salpicadero siempre tenía los mismos botones en el mismo sitio. Se preguntaba si a nadie se le habría ocurrido poner nuevos botones que hicieran cosas nuevas.
Sang Coral entró en la cabina acompañada de un intenso olor a hierba buena que, con toda seguridad, salía de una taza humeante que llevaba en la mano. Agradecido tendió la mano para cogerla.
Sang —¿Pero de qué vas, payaso? —le dijo con desdén—. Esta taza es mía. Encima de que te pago no te voy a preparar una infusión.
Sang —Perdón —respondió avergonzado.
Sang —¿Has comprobado que todo esté bien?
Sang —Sí, está todo correctamente.
Sang —Perfecto —dijo mientras revisaba con la mirada que su subordinado no hubiera mentido—. Pues ya te estás largando. Seguro que hay por ahí alguna impresora a la que cambiar el papel o algo.
Sang —Sí capitana. A sus órdenes.
Sang Ese era el día a día de Alfredo. Siete años de duro trabajo en la «Academia Snitch para jóvenes promesas» habrían cristalizado en un trabajo de becario para la estrella del transporte de mercancías Coral Correnubes.
Sang —Algún día seré como ella —pensó mientras desmontaba el compresor del sistema de ventilación del vestuario—. Seguro que ella también dedicó años a limpiar filtros y tuberías.
Sang Lo que desconocía era que su jefa era la hija de uno de los empresarios más exitosos del cuadrante Z37. El dicho popular decía que algunos tenían una estrella en el culo. Ella tenía el título de propiedad de varias en su caja fuerte.

No insultes a quien está alienado

Ha pasado ya un tiempecito desde las elecciones andaluzas. El tiempo necesario para analizarlas con la mente fría y despejada. El calor de los acontecimientos, las reacciones espontáneas y los análisis apresurados de los medios no son, precisamente, el mejor caldo de cultivo para hacer un estudio de lo que ha pasado y de lo que no. Pero una cosa es segura: insultar a las clases populares andaluzas no está bien.

Es comprensible la frustración de los que tenían la esperanza de que EL CAMBIO™ empezara por esta comunidad. Al fin y al cabo, no podían haber hecho oídos sordos a los cantos de sirenas vertidos por los nuevos partidos a través de los medios ¿no? ¡Y vaya sorpresa al descubrir que todo sigue igual!

O casi, que Izquierda Unida prácticamente ha desaparecido en favor de Podemos y con los restos sobrantes Ciudadanos se ha hecho un hueco. Claro, que todo el mundo parece olvidar que la Falange Española de las JONS ha aumentado alarmantemente el número de simpatizantes. ¿En serio os parece más preocupante que los andaluces hayan decidido mantener el mismo gestor a que el partido fascista por excelencia haya duplicado su presencia?

Cualquier comunista debería de entender que la única salida a la crisis dentro del capitalismo es el restablecimiento de la acumulación capitalista y que, por tanto, si queremos hacer algún cambio tiene que hacerse al margen de las instituciones. Y sí, hay partidos comunistas que se presentan a las elecciones. Pero el fin de estos no es “crear hegemonía electoral y tomar las urnas por asalto”, como dirían ciertos intelectuales posmodernos, sino aprovechar que las masas están más receptivas al mensaje político durante las elecciones para darse a conocer y obtener estadísticas fiables del número de apoyos. Al fin y al cabo, sale más barato y es más fiable ver cuántos te han votado que contratar a una empresa para que te haga una estadística.

Pero, ante todo, hemos de recordar que el pueblo andaluz sufre mucho. Sufren una media de 45 desahucios diarios, una tasa de desempleo altísima (con la pérdida de poder adquisitivo que esto implica) y, por consiguiente, un montón de problemas sociales derivados de este aumento de la pobreza alarmantes.

Teniendo en cuenta que el sistema se ha asegurado de que el acceso a algo más que la televisión sea imposible para familias sin apenas hogar, teniendo en cuenta la cantidad de familias sin hogar y/o sin electricidad y teniendo en cuenta que este no es el mejor ambiente en el que educarse políticamente, ¿en serio os extraña que la mayoría de los andaluces no sepan que tienen otras opciones?

Sinceramente, entiendo a los hermanos trabajadores andaluces. Mientras no se asuma que la intervención de masas y la lucha se tienen que hacer en la calle nada cambiará. Seamos consecuentes con el himno de Andalucía y gritad: ¡Andaluces, levantaos!¡Pedid tierra y libertad!

Cuando murió la inocencia

He decidido empezar este artículo con un título tan rebuscado porque quiero enfocar este texto en algo muy importante: ya no hay presunción de inocencia.

Puede parecer que sí, se supone que nadie entra en la cárcel sin pruebas que demuestren su culpabilidad. O eso es lo que nos dicen los medios. Pero, por desgracia, eso no pasa en casi ninguna parte. Gente que tiene que estar en la cárcel está en la calle y gente que no debería estarlo, lo está. Personas que mueren de viejos en la cárcel por el simple hecho de tener ideas distintas; mientras, al otro lado de la celda, a los torturadores se les conceden medallas al honor y trabajos bien pagados.

El colmo de toda esta locura está en el racismo. No nos engañemos, el racismo es otra de las formas que toma la lucha de clases. Nadie odia al sultan de Brunei por no ser de aquí; pero a los marroquíes que saltan la valla de Melilla, a esos bien que se les odia. O se les tiene lástima, o se les desprecia, etc… El artículo de hoy, como bien habéis imaginado, sale a colación del último “atentado terrorista yihadista”, ocurrido en París contra una publicación de corte humorístico. Lo pongo entre comillas, porque no sería el primer atentado del que nos dicen que son unos los malos y luego resulta que son otros los malos.

La cuestión es que a raíz de esto, mucha gente ha acudido a su opinologocueva, encendida ante la necesidad insaciable de quedar como una persona super concienciada justicia y se ha volcado en las redes sociales con mensajes de odio hacia los musulmanes, opiniones sobre lo malas que son las religiones e, incluso, los hay quienes exigen a los musulmanes que condenen lo ocurrido. Y lo terrible de esto, es que el racismo y la opinología barata campa a sus anchas y a nadie parece importarle.

Esto no ha sido un atentado llevado a cabo por una religión. Probablemente, ha sido un grupo de carácter religioso quienes, por motivos religiosos, han hecho esto. Y parece lo mismo, pero no lo es. Si un cura y un par de monjas entraran en un bar de homosexuales y se liaran a tiros a lo “matanza de Texas” nadie culparía a la cristiandad, ni a la iglesia católica, ni a los ciudadanos de occidente. Se culparía a esos pirados que han entrado en un bar y se han liado a tiros.

Los musulmanes no tienen que condenar nada. Exigir a alguien que condene algo es lo mismo que decirle “si no muestras públicamente tu rechazo hacia esto es porque no lo rechazas”. Esto es una flagrante violación de la presunción de inocencia. Se está asumiendo que, mientras no se demuestre lo contrario, todos los musulmanes son yihadistas. ¿Cómo podemos tolerar que se trate así a las personas?

Y sí, como he dicho antes es también lucha de clases. Porque nadie asume que los grandes jeques árabes sean yihadistas. Sin embargo, todo el mundo parece asumir que quienes vienen al país lo hacen para matar, robar y violar. Cuando śolo vienen a por un trabajo que les dé de comer.

Decir que un musulman es un terrorista hasta que se demuestre lo contrario es equiparable a decir que un vasco es un miembro de ETA hasta que se demuestre lo contrario. O como decir que un yanki es un racista homófobo ultraconservador hasta que se demuestre lo contrario. O que los andaluces son unos vagos hasta que se demuestre lo contrario. O lo que es lo mismo, es opinar sobre una persona sin tener ningún conocimiento sobre esta y basandose en ideas preconcebidas a través de la información manipulada que se nos ha dado.

El culmen es asegurar que si tu fueras la víctima no verías con los mismos ojos este tema. Pues siento disentir. Si soy yo el afectado, seguiré pensando que los culpables son culpables y los demás no. Y no culparé al dependiente de mi Kebab habitual de lo que han hecho cuatro colgados. Antes habríamos de culpar al propio gobierno francés; el cual es miembro de la OTAN y esta ha financiado a grupos yihadistas durante años sin ninguna oposición por parte de sus estados miembros.