Cuando menos te lo esperas

Dicen que las mejores cosas te ocurren cuando menos las esperas. Nunca creí en ello, porque a mi nunca me ha pasado nada bueno sin esforzarme. He llegado a lograr varias de mis metas a base de esfuerzo. Hay veces que el esfuerzo resulta difícil de ver. Por ejemplo, llegué a ser organizador de un evento al que adoro con toda mi alma porque faltaba un organizador en el área que más me motivaba de ese evento. Cualquiera diría que lo único que hice fue pedir ese puesto; pero, si no me hubiese esforzado en hacerme medianamente conocido en ese evento. Si no me hubiese esforzado en mover y motivar a la comunidad y en buscar que a la gente le interesase ese área, dudo que me hubiesen dado el puesto. Por eso, cuando alguien me decía que la mujer perfecta aparecería cuando menos la esperase, yo no le creía. No creía que se pudiese lograr nada sin buscarlo.

Lo cierto es que no soy una persona exigente. Lo único que le pido a alguien para caerme bien es que sea capaz de mantener una conversación sin ser condescendiente y sin despreciar mis gustos, mi forma de ser o la gente a la que aprecio. Y lo único que pido a la mujer perfecta es que, además de las características anteriores, yo le guste.

Sin embargo, la realidad es una caprichosa pícara a la que le gusta reírse de los que no somos muy agraciados. Reconozco que gran parte de la culpa la tengo yo, podría adelgazar varias decenas de kilos, podría afeitarme e, incluso, podría cuidarme el pelo. Pero yo soy así. Soy una persona a la que le gusta cultivar su espíritu. A la que le gusta pasar tardes de contemplación pensando en conceptos tan abstractos que ni siquiera se ponerles palabras. Y este modo de vida, un modo bastante ermitaño, es muy difícil de compatibilizar con un interés por el aspecto exterior. Además, yo soy una persona a la que le importa poco la apariencia externa de una persona. Sus gestos, su forma de ser, sus expresiones me parecen mucho más interesantes y atractivos (en caso de resultarme atractivos, claro) que la apariencia física. Es cierto que a todos nos gusta regalarnos la mirada y recrearnos en las curvas de esas fabulosas bellezas que pueblan la ciudad. Pero he descubierto que sería incapaz de mantener una conversación profunda con la mayoría de ellas. No les interesa.

A veces ocurre, de hecho, que una de esas personas atractivas como ellas solas son personas con una riqueza interior digna del mismísimo Potosí. Personas cuyo interés por la literatura, la música y el cine superan con creces los cánones aceptables que toda persona, por inculta que sea, tiene.

Hasta ahora, yo no creía que alguna de esas personas fuesen a fijarse en mí. Como mucho, pensaba yo, querrían mantener una conversación amena mientras esperasen a que su pareja (esa pareja que con lo hermosas que son seguro que tienen) saliese del excusado. Sin embargo, ingenuo de mi, de todo hay en la viña del Señor; como dice mi abuela. Y resulta, que una de esas maravillosas personas ha resultado ser alguien por quien no puedo dejar de pensar.

La conocí hará ya bastantes meses. No recuerdo cuántos meses, porque tampoco presté mucha atención a un hecho como era que me presentasen a alguien. En mi cuadrilla, que te presenten a alguien que no conoces (o que te auto presentes porque tus amigos no son capaces de ver que no os conocéis) es menos novedoso que los recortes de mister Mariano. Recuerdo que me pareció una chica simpática, curiosa incluso, que insistía en que me parecía a un actor de una película que le había gustado bastante. Nunca os lo he dicho, porque esta es la primera entrada personal que escribo, pero yo soy una persona tremendamente introvertida. Y lo cierto es que no sabía de qué hablar con esta chica. De hecho, hablábamos porque ella era quien llevaba las riendas de la conversación y, cuando estás borracho, tampoco sueles estar al 100% metido en la conversación.

Durante los meses siguientes, igual nos cruzamos una o dos veces. Para mi era esa chica tope maja y que estaba un poco pirada.

Pero, la noche pasado fue distinto. En serio. No se si fue recíproco, pero para mi fue distinto. Tenía una noche un poco de bajón. Mi mejor amiga estaba con algún problemilla con su novio y yo, como siempre, el futuro de esa noche lo veía en la cama a las 2:00. La corriente que compone mi grupo de amistades fue hacia el puerto y, casualidades de la vida, estaba esta chica. Casi desde el primer minuto la empecé a ver con otros ojos. No era que ella hubiese cambiado, puede ser que simplemente hablásemos más profundamente que las veces anteriores; pero lo cierto es que la empecé a ver como la chica perfecta. Su riqueza y belleza interior me sorprendió toda la noche. Resultó ser una gran fan de Queen, una excelente anecdotista y, lo más importante, alguien que me escuchó. Y quiero pensar que no fue por pena.

No se en qué acabará esto. Ni si acabará. Probablemente, como siempre, acabe en nada. Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, soy feliz. Y todo, gracias a esta bella persona.

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