El día que abrí los ojos

Sé que a muchos de los que me conocéis no os sorprenderá que os diga que mi alma es comunista, que mi espíritu se sabe obrero y que por mi sangre corre la determinación de la lucha de clases y de la revolución popular. También sé que a muchos de vosotros os sorprenderá. No me extraña.

Vivimos en una sociedad en la que apoyar a un movimiento político se le tilda de chaqueterismo, utopismo o simple demagogia barata. Si defiendes a los malos, o eres un ingenuo o eres malo; y si defiendes a las palabras de esperanza, eres un ingenuo, un populista u oportunista. Parece que si no eres un conformista que sólo levanta la voz cuando tocan lo que le pertenece, eres alguien a quien señalar y desprestigiar.

Desprestigiadme si queréis, porque he abierto los ojos. Y sé que suena a movimiento sectario; pero, realmente, he abierto los ojos.

Si vas por la calle, paras a una persona aleatoria y le preguntas a qué clase pertenece, es posible que primero se muestre extrañado. “¿No es eso algo del pasado? Ahora no hay clases.” -dirá. La mayoría responderá que pertenece a la clase media. ¿Clase media?¿En serio?¿Y qué se supone que es la clase media?¿La que trabaja pero sólo a veces?

La realidad es que la lucha de clases que el estado español vivió en los 70-80 (durante la transición) terminó. Y los obreros la perdimos. Yo pertenezco a lo que el gobierno y los bancos llaman la clase media. Vivo con mis padres, que tienen un sueldo lo suficientemente bueno como para vivir sin apretones constantes de cinturón y lo suficientemente bajo como para que no aspiremos a desbancar a quienes les pagan esos sueldos. Pero eso no es sino otra forma de esclavitud.

Nos han acostumbrado a ir a trabajar en coche, a tener acceso continuo a “cultura” a través de la televisión, a tener nuestros días de fiesta, nuestros horarios de 8 a 15, el café a media jornada, etc… Pero la realidad es que con eso han conseguido que sintamos que tenemos algo que perder. Si se hace una manifestación exigiendo que los políticos dimitan se nos reprime con dureza; y, ¿nos quejamos? No, no sea que nos quiten la casa, nos frían a impuestos o permitan que nos despidan con impunidad.

Lo peor de todo es que, encima, no sirve para nada. Nos siguen subiendo los impuestos, nos siguen oprimiendo, nos suben las tasas de energía, etc… Tenéis que abrir los ojos, somos la clase obrera. Los llamados pequeños burgueses, o sea, los autónomos, dueños de pequeños comercios, y demás, también lo sois. No neguéis la realidad.

¿Y cual es la solución?

Bueno, a mi me gustaría tener LA respuesta. Pero sólo tengo la misma respuesta que la que en su día dieron Marx, Engels y Lenin. La misma que la que prometió el vendido Santiago Carrillo (sí, vendido). La misma que cualquier otro comunista que pueda autodenominarse con orgullo comunista: la lucha de clases, la revolución.

Decía Lenin, que entre el feudalismo y el socialismo debía existir una etapa intermedia en la que se podía hacer concesiones a los capitalistas. Esta etapa intermedia tiene como finalidad industrializar el país. Darle a la nación las herramientas de producción a través de las que lograr autodeterminarse y hacer sostenible el socialismo. Sin embargo, esta etapa es una etapa finita. No puede alargarse, porque caería en el imperialismo.

Muchos creen que los comunistas llamamos imperialismo al capitalismo; y no es así. El imperialismo es el capitalismo parasitario en descomposición. Es un capitalismo que, en vez de industrializar un país (crear puestos de trabajo) lo desindustrializa destruyendo millones de puestos de trabajo y que parasita la nación rapiñando toda riqueza que encuentra a su paso. Esta riqueza es la pensión de nuestros abuelos o el trabajo de un niño, le da igual.

Esto es lo que tenemos ahora; y ya no hay momento para pararse y replantear cómo funciona el sistema. El capitalismo no tolera más parches. Es la necrosis que recorre el brazo de un soldado herido. O se amputa ahora, o será demasiado tarde.

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