La leyenda de los Galtxagorris

Ojo atención cuidao: La historia está basada en una antigua leyenda vasca.

Cuentan las leyendas que, en las faldas del monte Aralar, vivía un baserritarra1. Este hombre había heredado de su familia un antiguo baserri2; conocido en toda la región por la riqueza de los pastos que lo rodeaban. Durante siglos su familia había criado las mejores ovejas, tejido la lana más suave y vendido la mejor carne de toda la región. Pero este baserritarra había desatendido los cuidados de cuanto le rodeaba y había perdido toda la fama que había heredado.
Sang Un día, mientras descansaba a la puerta del baserri mientras veía cómo las malas hierbas crecían en un campo que debería haber arado hace tiempo, llegó un anciano.
Sang —Muy buenos días joven —saludó al baserritarra.
Sang —Muy buenos días, aitona3. ¿Qué le trae por estas tierras, tan lejos como están del pueblo?
Sang El anciano echó una mirada al baserri, que se encontraba viejo y descuidado, y frunciendo el ceño contestó:
Sang —¿Es este ese baserri tan famoso del que me han hablado? Es el único que he encontrado en las faldas del Aralar.
Sang —Es posible que lo sea. Hace muchos años este lugar tenía fama por sus quesos, su carne y su lana. Pero de eso hace ya mucho.
Sang —¿Y por qué se ha perdido la fama?
Sang El baserritarra le respondió que mantener esa fama era muy complicado, requería mucho trabajo, y a él lo que le gustaba era descansar. Ante esta respuesta el anciano se rió con unas carcajadas tan sonoras que, cuando terminó, aún se podía oir el eco de su risa. Con un gesto misterioso, sacó una caja de cerillas de su abrigo.
Sang —Existe una solución para eso. Pero no debería interesarte, es muy arriesgado. Mejor te iría si aprendieras a no ser tan vago.
Sang Nuestro protagonista le preguntó que de qué le hablaba y el anciano le enseñó la caja de cerillas.
Sang —Esta caja contiene la solución a tus problemas —dijo—. Si estás interesado el precio es la mitad de la vida que te queda.
Sang —¿La mitad de la vida que me queda? —preguntó extrañado el baserritarra— ¿cómo podría pagar algo así?
Sang —No te preocupes. No notarás nada hasta mucho tiempo después de haberlo pagado.
Sang Aunque extrañado por las palabras del anciano aceptó el trato y se quedó un rato mirando la caja de cerillas mientras el anciano desaparecía por el camino.
Sang Pasaron varios días durante los que no se atrevió a abrir la caja. No la perdía de vista, pero le inquietaba descubrir lo que contenía. ¿Qué podía contener para haber costado la mitad de su vida? Cuando llevaba un mes con la caja decidió abrirla.
Sang De la caja empezaron a salir un montón de hombrecillos minúsculos cuya única prenda de vestir eran unos llamativos pantalones rojos. Aunque no tenían alas podían volar y, de hecho, revoloteaban entorno a la cabeza del baserritarra.
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes! —le gritaban.
Sang —¿Qué? No os entiendo. ¿Quiénes sois?
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes!
Sang —Vale, os ordeno que me expliquéis quienes sois.
Sang No es agradable que una docena de hombrecillos diminutos te griten a la vez, así que no se enteró de nada.
Sang —Os ordeno que todos menos uno os quedéis callados y que ese uno me explique quienes sois.
Sang Tal y como ordenó todos los hombrecillos se quedaron callados mientras uno de ellos hablaba. Le explicó que ellos eran galtxagorris, que vivían en la caja de cerillas y que, ya que les había capturado, tenían que cumplir sus órdenes.
Sang —Vaya —pensó—, esto me va a venir muy bien. —Pensó en las tareas que había pendientes y les dijo—: ¡Muy bien! ¿Veis este baserri?¿Veis lo sucio que está? Limpiadlo entero. No debe quedar ni una sola mota de polvo, ni una sola marca de dedos y ni una sola abolladura.
Sang Los hombrecillos salieron corriendo y en diez minutos habían limpiado el baserri, arreglado los cristales rotos e, incluso, fregado los platos.
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes!
Sang —Sí que sois rápidos —se sorprendió—. Muy bien. Hace muchos años que nadie saca a las ovejas a pastar. Llevadlas al prado y que pasten. Cuando terminen, volved a dejarlas en la cuadra.
Sang Los galtxagorris salieron disparados. Como no les había especificado cómo debían hacerlo, su método para sacar las ovejas a pastar era diferente al habitual. Cada hombrecillo se metía por debajo de una oveja diferente y la llevaban volando hasta el prado. A continuación, arrancaban hierba con las manos y se la metían en la boca. Cuando la oveja ya no quería más, la llevaban de vuelta al corral e iban a por otra oveja. Media hora después, estaban de vuelta.
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes!
Sang Nuestro protagonista estaba que no cabía en sí de la alegría. Por fin podía dedicarse a descansar sabiendo que las tareas se iban a hacer. Era un poco incómodo tener que estar dando órdenes todo el rato, puesto que los galtxagorris eran demasiado rápidos haciendo las tareas que les mandaba. Pero merecía la pena. Cuando anocheció les dijo que se iba a la cama, que al día siguiente seguirían. Los galtxagorris, sin embargo, insistían en que les diera órdenes. Así que pensando en que probablemente tardarían toda la noche les ordenó que araran las tierras que rodeaban al baserri y lo sembraran.
Sang Apenas llevaba unas horas dormido cuando un sonido fuerte le despertó. Los galtxagorris habían terminado hacía un buen rato y como no les daba órdenes estaban rompiendo todo lo que encontraban a su paso.
Sang —¡Dinos algo para hacer!¡Danos órdenes!
Sang El baserritarra les ordenaba que arreglaran lo que rompían; pero al poco de arreglarlo volvían a despertarle rompiendo nuevas cosas. Estaba desesperado, así no había quien durmiera y como se descuidara todo el baserri terminaría descuidado. Hasta que se le ocurrió una idea.
Sang Les ordenó cojer un caldero, sacarlo afuera y llenarle el fondo de agujeros gordos. Una vez lo hicieron les ordenó que, con unos cubos que había en la cocina, llenaran el caldero hasta los topes con el agua del río.
Sang A la mañana siguiente los galtxagorris seguían intentando llenar el caldero. Desesperados veían cómo, cada vez que volcaban un cubo, todo el agua se escapaba por el fondo agujereado. Los hombrecillos suplicaron al baserritarra que arreglara el fondo del caldero para que pudieran terminar la tarea y, así, podrían ayudarle con las tareas del baserri. Sin embargo, decidió que no le compensaba. Los hombrecillos eran demasiado difíciles de manejar y acababan dando más trabajo del que le ahorraban.
Sang Así nuestro protagonista aprendió la importancia del trabajo y dedicó el resto de su vida a cuidar de las ovejas y del baserri como le había enseñado su familia. Con el tiempo logró que el baserri recuperara su fama e, incluso, encontrar a una mujer con la que compartir el resto de su vida.
Sang Muchos años después, estando ya en su lecho de muerte, mientras miraba cómo los galtxagorris seguían intentando llenar el caldero comprendió cómo había pagado con la mitad de su vida por el favor que le había hecho el anciano.

 


1granjero, casero, habitante de un caserío
2caserío, granja
3abuelo, anciano

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