La vida termina donde empieza

Así es queridos lectores míos. Da igual lo que hagáis, lo que penséis o, incluso, las ilusiones que tengáis que, al final, todo acaba como empezó. Los hay que tienen suerte y su vida sólo les sonríe. Tienen trabajo, novia y suficiente dinero como para no vivir agobiados. A veces pasan malas rachas; pero, al final, acaban volviendo a como estaban antes de esa mala racha. Otros, sin embargo, no somos tan afortunados.

Me temo que a veces me ilusiono demasiado rápido. Pero, incluso sabiendo que siempre me pasa lo mismo, acabo cayendo en las mismas estupideces de siempre. Estoy harto de darme siempre de bruces contra la misma pared. Pero es que da igual en que dirección me aleje de ella, que siempre acabo estrellándome contra ella.

Todo esto es lo que me hace pensar que la vida es cíclica y, al final, acabamos como empezamos. En micaso: dándome de bruces contra la misma pared de siempre.

Seguro que os estaréis preguntando qué pared es esa. Y, si no os lo estáis preguntando, sería muy elegante que os lo preguntaseis. Esa pared, como os habréis imaginado, no existe físicamente. Sería muy estúpido chocar siempre con la misma pared física. Esta pared es una metáfora que representa mi vida en general. Especialmente en el tema amoroso.

Si leísteis el post anterior, sabréis que conocí a una chica maravillosa, ¿verdad? El caso es que, como siempre me ilusiono demasiado pronto; y, como siempre, no me doy cuenta que esas señales que veo son solamente producto de mi imaginación, o del alcohol. He de decir que no lo he hablado abiertamente con esta chica, porque no soy capaz de decirle a nadie nada que tenga que ver con esas cosas. Pero cuando notas que enseguida rehuye de tu compañía, que tarda horas en contestar mensajes que ha leído en cuanto se lo has mandado (el chivato del Whatsapp lo certifica) te das cuenta de que es probable que esas «señales» que veías son sólo espejos y humo.

Y la cosa es que estoy harto. Me convenzo a mi mismo de que no volveré a caer en la estupidez de ilusionarme por humo para que, cuando vislumbro un poco de humo, allá que vuelvo a ir, como un tonto, a pensar que por fin voy a levantar cabeza.

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