Marcelo

Despuntaba el día cuando Marcelo despertó. Otra vez se había quedado dormido encaramado a la barandilla del corral. Si tuviera algunos años menos no le habría importado pero, a estas alturas de la vida, su cuerpo protestaba ante tonterías de juventud como esta.
Sang Tomó una bocanada de aire. Poder disfrutar del aire fresco del amanecer era lo que más le gustaba de su trabajo; el cual no era particularmente complicado pero requería de una puntualidad escrupulosa. Y Marcelo era el más puntual de su trabajo.
Sang Algunos lo llamaban talento. Él sabía que era toda una vida dedicada al trabajo sin olvidar la larga tradición familiar de la que gozaba. Que pudiera aprender su oficio de su padre, el cual lo aprendió del suyo, es lo que más agradece de todo cuanto le ha ocurrido a lo largo de su vida.
Sang Un rayo de sol le cegó. Es el momento, pensó. Así que se irguió sobre la barandilla, hinchó el pecho y gritó como si lo fueran a prohibir:
Sang —¡Kikiriki!

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