Pequeños despistes

Lucio se arremangó y lo intentó de nuevo.
Sang —Tivsi pesqui dasqui pú —gritó mientras agitaba la varita delante de una ventana con el cristal roto.
Sang —Sigue sin funcionar.
Sang Lucio miró con ojos asesinos a Martín, que era incapaz de evitar señalar obviedades. Aunque todos en la escuela sabían que era una invención siempre contaba que de pequeño, jugando con la varita de su madre, sufrió un accidente que le provocó ese molesto efecto secundario.
Sang —Si tienes una idea mejor no te cortes —dijo Lucio molesto—. Tú también eres responsable de lo que ha pasado.
Sang Martín se encogió de hombros. No asistió el día que estudiaron los métodos mágicos más comunes para arreglar desperfectos; estaba ocupado sufriendo una dura resaca. Pero sabía que la gente común, los no mágicos, también reparaban cristales rotos. Le sonaba que usaban un ingenio llamado Cinta Americana. Miró el reloj e hizo los cálculos.
Sang —Mierda, si tuvieramos más tiempo podríamos arreglarlo de otra manera. Pero no da tiempo. América está bastante lejos y, una vez allí, tendríamos que buscar una tienda que vendiera la cinta y volver.
Lucio le miró extrañado.
Sang —¿Se puede saber de qué hablas? Cuántas veces te he dicho que no termines en voz alta conversaciones que tienes en silencio.
Sang —Una cosa que podríamos hacer es abrir de par en par la ventana y, con la cortina, ocultar los cristales. Así nadie verá el agujero.
Sang —Martín, querido, ¿no te has fijado esta mañana, al levantarte, que estamos a siete grados bajo cero y que no ha dejado de nevar desde ayer?
Sang —¡Anda! No me había fijado. Estos días ando muy despistado. Es como si no me diera cuenta de lo que pasa a mi alrededor.
Sang —No, si lo he visto. Mi parte favorita ha sido cuando has lanzado la bola de adivinación a la ventana porque pensabas que yo estaba ahí.

Leave a Reply