Sobre naves y pilotos

Alfredo revisaba los controles de la nave. Era una tarea que realizaba todos los días desde que obtuviera la licencia de vuelo en la «Academia Snitch para jóvenes promesas». Siempre le había parecido muy curioso que, fuera de la escudería que fuera, el salpicadero siempre tenía los mismos botones en el mismo sitio. Se preguntaba si a nadie se le habría ocurrido poner nuevos botones que hicieran cosas nuevas.
Sang Coral entró en la cabina acompañada de un intenso olor a hierba buena que, con toda seguridad, salía de una taza humeante que llevaba en la mano. Agradecido tendió la mano para cogerla.
Sang —¿Pero de qué vas, payaso? —le dijo con desdén—. Esta taza es mía. Encima de que te pago no te voy a preparar una infusión.
Sang —Perdón —respondió avergonzado.
Sang —¿Has comprobado que todo esté bien?
Sang —Sí, está todo correctamente.
Sang —Perfecto —dijo mientras revisaba con la mirada que su subordinado no hubiera mentido—. Pues ya te estás largando. Seguro que hay por ahí alguna impresora a la que cambiar el papel o algo.
Sang —Sí capitana. A sus órdenes.
Sang Ese era el día a día de Alfredo. Siete años de duro trabajo en la «Academia Snitch para jóvenes promesas» habrían cristalizado en un trabajo de becario para la estrella del transporte de mercancías Coral Correnubes.
Sang —Algún día seré como ella —pensó mientras desmontaba el compresor del sistema de ventilación del vestuario—. Seguro que ella también dedicó años a limpiar filtros y tuberías.
Sang Lo que desconocía era que su jefa era la hija de uno de los empresarios más exitosos del cuadrante Z37. El dicho popular decía que algunos tenían una estrella en el culo. Ella tenía el título de propiedad de varias en su caja fuerte.

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